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2 de agosto de 2013

Vuelven a cuestionar la validez de carnet de conducir del interior para vecinos de capital

Desde el municipio de Córdoba, volvieron a poner en duda a los vecinos con domicilio en capital y que poseen habilitación municipal de los municipios del Gran Córdoba e interior. Al respecto los intendentes de Mendiolaza y de Saldán reiteraron la legitimidad del documento y su validez.



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PASADO Y PRESENTE

 

Por Emiliano Nicola

¿ARDE PARIS?

Se cumplieron 72 años del día en que París, capital de Francia y una de las ciudades más deslumbrantes del mundo, fuera liberada de la ocupación nazi y se salvara de ser demolida sistemáticamente hasta no quedar piedra sobre piedra. El aniversario no tuvo la magnitud de otras celebraciones porque Francia todavía está conmocionada y dolorida por los recientes atentados terroristas. En consecuencia, el acto principal estuvo acotado al desfile militar, ofrenda floral en la tumba al soldado desconocido y la presencia de los pocos sobrevivientes de aquellas épicas jornadas.

La historia de la salvación de París, cuna de la civilización occidental y de los derechos del hombre, se remonta a 1944 y el título de esta nota -¿Arde París?- está tomado del libro de Dominique Lapierre y Larry Collins, quienes relatan con precisión un diálogo fundamental entre el alcalde de la ciudad y el comandante de los efectivos alemanes que ocupaban la capital francesa.

Para entrar en clima, es necesario ir hacia atrás en el tiempo y ubicarnos en los días aciagos en que ocurrieron los hechos; recordar algunos actores y cómo y porqué París se salvó de la destrucción total. En junio de 1944 la Segunda Guerra Mundial había entrado en una etapa decisiva: Alemania, que hasta 1942 era una fuerza militar arrolladora, estaba ahora en franca declinación tras el avance ruso por el Este y de los aliados por el Oeste y el Sur.

Los franceses llevaban cuatro años soportando la ocupación germana, cuyos efectivos gozaban de una holgada vida en la capital de Francia. Tras el desembarco aliado en Normandía, París estaba a un paso y su liberación entrañaba un viejo anhelo. Aunque la ciudad no era un objetivo estratégico, simbólicamente era el tesoro más preciado de los aliados, porque significaba la recuperación de una de las más importantes capitales europeas hasta entonces dominadas por los nazis.

En Berlín, Hitler intuía el plan aliado y, convencido de no poder defender París, tomó la terrible decisión: destruirla, arrasarla y no dejar en pie ninguno de sus magníficos monumentos y edificios emblemáticos. La Torre Eiffel, el teatro de la Opera, la Madeleine, el Louvre, Los Inválidos, los 45 puentes sobre el Sena, Notre Dame, el Congreso de los Diputados, la Conserjería, el Sagrado Corazón, todo, absolutamente todo debía ser destruido.

Y para que no quedaran dudas, Hitler le impartió la orden, personalmente, al comandante alemán en París, el general Dietrich von Choltitz, un militar formado en la escuela prusiana. Lo que Hitler no sabía cuando le ordenó a Von Choltitz destruir París, era que su general estaba seguro de que la guerra estaba perdida y, además, … estaba enamorado de París.

Pese a ello, el comandante germano ordenó colocar las cargas de demolición y, fiel a la obediencia prusiana, se dispuso a cumplir la directiva impartida desde Berlín. La noticia llegó entonces a oídos del alcalde de París, Pierre Taittinger, un francés que había practicado un delicado equilibrio entre las fuerzas de ocupación y la Resistencia parisina, deseosa de alzarse en armas.

Sin dudarlo, el alcalde fue a entrevistarse con el comandante alemán en uno de los salones del lujoso hotel Meurice, sobre la rue Rivoli, frente a los Jardines de las Tullerías. Ante un amplio ventanal que ofrecía una vista magnífica de la ciudad, se produjo el diálogo al que aludimos al comienzo de este relato. La conversación entre el alcalde Taittinger y el general Von Choltitz, el 18 de agosto de 1944, fue correcta pero firme.

El alcalde comenzó con un argumento sugerente cuando dijo: _ General, a menudo los militares son muy dados a destruir, raras veces a preservar. Imagine que, como turista, tenga la oportunidad de volver a este balcón para contemplar una vez más estos monumentos dentro de unos años y pueda decir: “Un día pude destruir todo esto y lo preservé como un regalo para la humanidad”.

Entonces, general, ¿no vale eso tanto como la gloria de un conquistador? El comandante alemán no se dejó endulzar con esas palabras y después de una larga pausa respondió en tono suave: _Usted es un buen abogado de París, señor Taittinger. Ha cumplido muy bien con su deber. Y de la misma forma, yo, como general alemán, debo cumplir el mío. La respuesta no admitía dudas, aunque en su fuero íntimo, y por amor a París, el comandante alemán tenía decidido desobedecer a Hitler.

Al día siguiente París amaneció convulsionado. Ante la inminencia de la entrada de las tropas aliadas comandadas por el general Philippe Leclerc el pueblo se alzó en armas. La resistencia alemana fue débil y Von Choltitz aceptó mansamente la rendición sin dar la orden de dinamitar la ciudad. París se había salvado. Cuando Hitler se enteró de la derrota se comunicó telefónicamente con su jefe de Estado Mayor e imperativamente, como era su estilo, preguntó: ¿Arde París? La respuesta fue un silencio de sepulcro.

 

enicola1908@gmail.com 

 

 

 




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Leo
Aprenda a no hacer las cosas de forma apurada. Entienda que la prisa y la desesperación no le aseguran nada, tranquilícese.
 

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